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El clientelismo: El comisionado Burrell y el Supremo de transportes.

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Un cliente descontento es el principio de un mal día para muchos

Un cliente descontento es el principio de un mal día para muchos

Este post tiene spoilers de Si Ministro, The Wire, y How I met Your Mother… una combinación extraña pero que explica casi todo lo que tienes que saber de la materia.

Es muy normal escuchar que un ministerio está al servicio de los lobbies: la política energética, medioambiente, género, etc. De esta manera se entiende que hay grupos externos a las administraciones que ejercen influencia dentro de ella para imponer sus intereses. Aunque los lobbies, como las meigas, haberlos haylos, su influencia no es tan grande como podría parecer… o mejor dicho, no todo lo que achacamos a un lobby es resultado de la acción de este.

Las instituciones, como los comercios, tienen clientes: son las personas o colectivos de los que depende la continuidad de la institución. Pero ¿quiénes son realmente estos clientes? No se trata de los lobbies en general, sino del LOBBY en particular que controla una institución política.

El concepto de cliente

Un cliente es un agente externo a la organización cuya satisfacción es crítica para la continuidad de la misma. Es decir, si usted tiene un comercio, o los clientes están lo bastante contentos para volver y comprar su mercancía a un precio que le sea rentable a usted, o mejor va cerrando el chiringuito. En política y en la Administración hay una relación similar: hay un grupo de personas a los que atiende de manera preferente la organización y que, si no está satisfecho, supondrá un problema de continuidad para esa organización o los que ahí trabajan. Así que para identificar un cliente tenemos que buscar:

  • Alguien que mande: es decir, que si no está contento amargará la vida a la organización hasta que echen el cierre.
  • Esté fuera de la organización: si el cliente es netamente interno, de lo que hablamos es de un jefe… y ese es otro tema.

A principio de los años 80 el Thatcherismo pensó que la acción pública se basaba en la satisfacción del ciudadano y elaboró una slogan que nos acompaña desde entonces: el ciudadano cliente. El concepto, en principio, se aplica solo para la satisfacción con los servicios públicos, pero realmente apuntala la idea (extravagante) de que la Administración y el gobierno están al servicio de o cada ciudadano de manera informal, o bien, de una mayoría informe que se expresa en las urnas periódicamente.

Realmente un cliente en una Administración o un gobierno es el conjunto de personas a las que trata de servir esa organización. En Si, Ministro, el ministro Hacker es nombrado Jefe Supremo de Transportes, y tras su primera reunión se encuentra totalmente confundido al ver que el departamento de ferrocarriles quiere más trenes, el de aviación más aviones y el de carreteras, más autopistas. Bernard, su asistente personal, le explica que, efectivamente, estos departamentos tendrán la vida más feliz y más tranquila si los colectivos que gestionan (compañías aéreas, sindicatos, transportistas…) están contentos y no hacen huelgas que si la mayoría de la ciudadanía estuviera contenta y esos colectivos tuvieran menos poder. Eso es un cliente.

Bernard Woolley, traductor Alto funcionario-político

Bernard Woolley, traductor Alto funcionario-político

Ahora vayamos al caso real: en el ministerio de Industria de España, encargado de mantener el mercado eléctrico nacional, con quien posiblemente tenga mayores reuniones el ministro Soria, son las compañías eléctricas. Evidentemente, millones de españoles pueden estar molestos por el modelo de tarificación de la energía, pero la realidad es que sus protestas son menos molestas que si, por ejemplo, el presidente de Iberdrola dijera que la electricidad está muy cara y que posiblemente habría que replantear tarifas, así que imagínense a quién escucha más.

Otro ejemplo es el de las políticas activas de empleo (básicamente, los cursos de formación). Las consejerías y el ministerio de de empleo no sirven a cada trabajador, desempleado o empresario, sino que lo hacen a través de colectivos que los representan (más o menos legítimamente). Es con ellos con los que habla y a ellos a los que tratan de satisfacer (nadie quiere al presidente de la patronal diciendo que el gobierno está contra el empleo, o contra los trabajadores, o que se rompan las mesas de negociación). Ellos son los clientes.

El Cliente de mi jefe es mi jefe.

Podríamos pensar que en este caso la Administración y el gobierno está rodeado de gente que recibe indicación directa de a quién tener contento. Sin embargo, el sistema es algo más complicado, dado que la mayoría de las veces la relación de cliente es política (es decir, se habla con cargos políticos y no con funcionarios) y los funcionarios están ahí para garantizar la neutralidad. En How I Met Your Mother, Barney Stinson explica “la cadena de los gritos“: un grito en las altas esferas de cualquier organización genera una reacción en cadena (hacia abajo) que multiplica los gritos. Si el ministro recibe una bronca del presidente del gobierno, lo normal es que este haga lo propio con su secretario de estado, este pase a sus directores generales…. y así hasta el último señor que pone sellos. Se llama jerarquía.

El comisario Burrell sabe a quién apretar para salir a flote

El comisario Burrell sabe a quién apretar para salir a flote

Pongámonos en el caso del Comisario Burrell en The Wire. El jefe de policía de Baltimore tiene a su cargo un departamento de oficiales con carrera profesional. Sin embargo, el señor Burrell quiere conservar su puesto, para lo que necesita tener contento al alcalde. El alcalde debe tener contento, en un momento dado, al gobierno federal, por lo que presiona a Burrell para que tome determinadas medidas que, incluso sabiendo la policía que es ineficiente e injusta, acabará cumpliendo porque siempre hay ascensos, promociones y puestos en los que pensar y… bueno, mejor no estar muy enfrentado con el señor de arriba. Para poder controlar esto se suelen utilizar mecanismos de “comprar el apoyo” ascendiendo a la cabeza visible (cooptación), o patada en el culo a los que son visibles pero no tan importantes como para montar una revolución.

¿Y qué pinta la democracia en todo esto?

Como podemos escuchar especialmente los últimos años, la democracia es más que votar cada cuatro años. Las instituciones políticas legitman el sistema, pero no pueden vivir de espaldas a la sociedad (bueno, si, pero normalmente se requiere un aparato represivo importante), así que envez de convocar referéndums de manera continua en muchos temas que la ciudadanía no tiene una preferencia clara, lo que hace es hablar con esos representantes (que son los clientes).

La diferencia es que como diría Dahl (politólogo americano), los partidos políticos en verdad lo que hacen es orquestar coaliciones de poder que ejercen el mismo cuando llegan al gobierno. Por ejemplo, cuando gobierna un partido de izquierdas (o centro izquierda, o lo que sea el PSOE), es normal que el gobierno hable más con sindicatos, ecologistas para política medioambiental, movimientos sociales (por ejemplo el ministerio de igualdad). Si gobierna la derecha, en las mismas políticas, tendrán un trato preferente (serán los clientes de referencia), la patronal, las constructoras o la iglesia católica. Esto de por si no es malo: es lo que de una manera más o menos explícita ofrecen en su campaña y es lo que hacen.

Esto no quiere decir que esta coalición sea estática: por un lado salvo casos de cafrería extrema, el gobierno sabe que no puede arrinconar a las coaliciones que apoyaban a otros partidos políticos. Por ejemplo, el ministro más de derechas seguirá recibiendo a los sindicatos y tratará de tenerlos “más o menos” contentos. Hay casos, como el del ex-ministro Wert que superan lo razonable y directamente no habla con nadie más… pero no suele ser muy sostenible a largo plazo (posiblemente uno de los grandes problemas de la política educativa en España sea este: que la atención hacia los clientes es muy excluyente por su polarización).

Por otro lado, un cliente que tiene menos peso (por ejemplo, los sindicatos de profesores), ante una política que les saca de la mesa, puede hacer presión para que el balance de fuerzas en esa política cambie (este es el caso de la Marea Verde por la educación pública en Madrid). Se trata de demostrar a la Administración que puedes amargarle mucho la vida si no te escucha.

También puede pasar que el cliente tenga tal posición de fuerza que gane quien gane no van a poder encontrar un cliente alternativo y tienen un monopolio. Este es el caso del sector eléctrico o de la banca en España:  gobierne quien gobierne, con tres eléctricas que gestionan toda la energía o dos bancos que llevan toda la economía del país… no hay capacidad de evitar que impongan su criterio (este es el secreto del capitalismo cañi, muy consolidado por el franquismo y persistente hasta hoy)

En realidad, el éxito de la democracia es el de poder integrar todas estas coaliciones en un sistema de diálogo continuado, que, además, las mantenga relativamente satisfecha con el reparto de poder. Sin embargo la receta no es fácil porque no solo afecta a los responsables políticos sino también a la “razonabilidad” o moderación o capacidad de adaptación de los posibles clientes.

 

Autor: craselrau

doctor en ciencias políticas, friki, cocinillas y bloguero. Analista web y colaborador en todoseries.