Poder y series

Política para seriéfilos

Retrato de John Adams.

La absoluta desolación: hablemos de nosotros

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Retrato de John Adams.

John Adams. Posiblemente hoy sería un equidistante. Fuente

Como nos encontramos en un terremoto político sin precedentes en la historia reciente, resulta muy difícil mantener el blog fuera de esto. Por otro lado, quiero hablar no del Procés, sino de la sociedad. Como ya dije, mi opinión sobre el primero, aunque existe, no es relevante (al menos de momento). Por otro lado, no quiero expresarla porque vista la situación actual, diga lo que diga, un porcentaje de personas dejarán de leerlo. Me importa poco que la gente lea o no lo que quiero decir, pero me apena que lo haga por una cosa que no tiene que ver con lo que escribo, sino por algo independiente como mi opinión política. En todo caso, también aprovecho para hacerlo, porque no quiero llenar Facebook (que procuro dejar para cosas personales) y, creo que voy a huir de Twitter salvo para cuestiones profesionales. En todo caso, quiero contar lo que me pasa, sobre todo, porque lo necesito. Luego si os parece interesante o útil, mejor.

El miedo al conflicto y la necesidad del debate

Soy una persona a la que le aterroriza el conflicto. Y no me refiero a la guerra, me refiero a discutir con el frutero por ponerme el doble de judías de las que le he pedido. Tengo miedo de hacer daño, tengo miedo de que me hagan daño y tengo muchísimo miedo de que dañen a la gente a la que quiero. Como ya comenté, el conflicto no es necesariamente malo. Forma parte de la evolución natural de las cosas. Otra historia es que prefiera que lo haga otra persona que no sea yo mismo. Sin embargo, para que esto sea así, el conflicto tiene que canalizarse, que articular las múltiples demandas que lo constituyen.

Por otro lado, adoro el debate, especialmente el debate político. Ha sido así desde pequeño, lo que, desde luego, no me convirtió en el chaval más popular de clase (a lo mejor tiene que ver con el miedo al conflicto, quien sabe). Esto fue crítico para que estudiara ciencias políticas. El debate es fundamental. Es lo que alimenta el nacimiento de nuevas ideas y nuevos planteamientos. No es tanto el hecho de que el debate las genere, sino que permite que abordemos muchas respuestas.

Pues bien, me temo que el absoluto fracaso de la sociedad en España (y ahí no me meto en las realidades nacionales) es que nos hemos metido en un conflicto, en el que no hay capacidad para el debate. Y no digo de los estamentos políticos, digo de la ciudadanía. No de toda, pero si de una parte.

El estereotipo español.

Si habéis vivido en el extranjero, si conocéis a la suficiente gente de fuera, o si miráis algo más allá de nuestro ombligo, es fácil que escuchemos los estereotipos sobre España (que en escala mundial, incluye a Catalunya). Tenemos fama de fiesteros, hospitalarios, chillones, de no acabar de despedirnos nunca y de otras muchas cosas que no vienen al caso. Pero hay una que es especialmente curiosa, que es la imagen quijotesca y orgullosa de las personas que viven por aquí. No es difícil encontrar estos tópicos en las novelas de piratería, o en Asterix en Hispania o en El juego de Ender (por ser un poco eclectico).

Lamentablemente, aunque pueda parecer caricaturesco, creo que ese quijotismo existe. La necesidad de luchar enfervorecidamente para denunciar lo que nos parece injusto, incluso de oídas, es algo que podemos apreciar en la vida cotidiana y que Twitter ha mostrado a la perfección. Me temo que, aunque los estereotipos sean malos e injustos, retratan una parte de lo que nos está pasando. 

La banalización de la ética

Hannah Arendt habló de la banalización del mal. Esta teoría viene a explicar que los alemanes bajo el nazismo dejaron de hacer juicios morales sobre su acción dejándolo todo eso en la esfera de “cumplir órdenes” (sé que es algo más complejo, pero creo que vale así y recomiendo mucho la obra de Arendt).

Pues bien, nosotros no hemos banalizado el mal, pero si la ética y nuestra capacidad de juzgar los hechos por si mismo. En los últimos días he visto a mucha gente que conozco y se razonable defendiendo cosas que no defenderían si no fuera por la vinculación emocional a su causa. Es decir, hemos cogido (me refiero como conjunto social) una causa y dentro de ella hemos abierto la veda de hacer todo lo que la justifique. En serio, ¿alguno de los que llaman a Serrat nazi lo piensa? ¿O los que creen que golpear a viejas que están metiendo papeletas en urnas (aunque sean ilegales) está bien? ¿Toleraríamos que alguien insultara a unos niños por la actividad profesional de sus padres, sea cual sea? Como personas somos mejores que eso, pero esa parte de persona la hemos delegado.

Es dramático oir frases como “los políticos han crispado”… “los dirigentes hacen” o similar. Efectivamente, hay una enorme responsabilidad política en todo lo que pasa. Sin embargo, estoy seguro de que ningún político se ha metido detrás del teclado de gente a la que estimo, respeto (e incluso admiro) para insultar, faltar al respeto o justificar lo que nunca justificarían.

El peligro de las grandes palabras.

Si habéis hecho la locura de decir algo parecido a una opinión en las redes sociales (digitales o personales) sobre este tema, posiblemente habréis disfrutado de la hermosa experiencia de que te digan algo que roza (o rebasa) la ofensa seguido de enormes palabras. Libertad, democracia, estado de derecho, imperio de la ley… ¿Cómo co**nes puedes discutir o debatir sobre esa alfombra? Los grandes conceptos son grandes precisamente porque se sustentan sobre enormes silogismos y razonamientos. La humanidad ha invertido siglos en llegar hasta ellos. Lo mejor del pensamiento (al menos occidental) ha contribuido a ellos.

Llegar y decir que un fenómeno como el que estamos viviendo se escuda en cualquiera de ellos sin mayor alternativa o razonamiento, las convierte en palabras mágicas. Estamos sustentando un debate pasional, saltando partes básicas de cualquier lógica para llegar al resultado que más nos acomoda y usando las palabras que creemos que lo legitiman por su propia grandeza.

Recuperemos nuestro criterio.

Llevo más de mil palabras y nada de series ¿eh? Pues ahí va. En el primer capítulo de John Adams, se juzga a los soldados británicos de abusar de autoridad sobre los colonos americanos. El que fue segundo presidente de los Estados Unidos es quien defiende a esos soldados, incluso pagando un alto peaje personal. El señor Adams, consideraba que lo justo, lo que el cree y lo que él quería lograr no podía ser compatible con condenar sin juzgar incluso a los que en breve serían sus enemigos. No hablamos de un advenedizo. John Adams redactó la Declaración de Independencia, fue Vicepresidente y luego Presidente de los Estados Unidos. Sin embargo, no dejó que la bandera, la pasión de su causa o su sueño eliminara lo que el considera justo. 

Quiero reivindicar el derecho (al menos dejadme eso)  de valorar cada hecho por si mismo. Indiferentemente de las causas y el contexto que lo rodea, y sobre todo, de quién lo apoya o lo promueve. El contexto, las circunstancias, son una explicación, pero si lo empleamos como coartada para saltarnos nuestros principios acabaremos bajando el nivel hasta que no haya principios que importen. 

Ahora mismo, salirte del guión de uno de los dos relatos que tienen más eco sobre el Procés es el camino más corto a que te llamen equidistante. Cuando yo era pequeño, me enseñaron que eso se llamaba tener criterio y eso era una virtud. No sé si ese principio sigue teniendo sentido, pero me temo que si es así, estoy j**iendo la vida a mis hijas, porque es lo que estoy tratano de enseñar.

Basta de decir que es que los políticos se han comido nuestro criterio. Basta de justificar los abusos de quien comparte nuestra causa, por el hecho de que quién no la comparte ha hecho también cosas mal. Esto, por pura lógica tiene solo una salida y es una subasta a la baja de los parámetros éticos de una sociedad…Y si no me creeis, a parte de revisar el razonamiento, podéis ver la reciente historia de la corrupción en España.

 

El retrato de la desolación.

Y todo esto ¿a qué viene? En mi vida he estado muy cerca de dos atentados que han marcado la historia reciente. El 11-M y el 13-N (por no hablar de la matanza de Charlie Hebdo). Mi sensación ahora no es muy distinta a la de esos días.  Estoy entre preocupado y  asustado. Asustado porque creo que podemos hacernos daño de muchas maneras, más de lo que nos hemos hecho hasta ahora. Preocupado, porque somos nosotros mismos los que lo estamos haciendo. Es cierto que la clase política tiene mucho que ver, pero os puedo asegurar que si no vieran tanto “fandom acrítico” detrás de cada bandera, posiblmente su discurso sería mucho más moderado.

Pero sobre todo, estoy muy preocupado por el futuro que nos espera. Estamos en una situación crítica y nadie parece dar un par de pasos atrás y pensar que lo que está en juego ya no es un electorado o un modelo de país (incluso un país) sino un modelo social. En eso creo que dará igual que sea España y Catalunya juntos o por separado, la degradación ética que estamos asumiendo para ganar nuestra batalla es tan grande que me temo que nos marcará durante muchos años.

Y eso, no es cosa solo de los políticos.

 

Autor: craselrau

doctor en ciencias políticas, friki, cocinillas y bloguero. Analista web y colaborador en todoseries.