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El presidente Josiah Bartlett, de El Ala Oeste de la Casa Blanca

La crisis institucional: cuando el presidente entra en la sala.

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El presidente Josiah Bartlett, de El Ala Oeste de la Casa Blanca

Aqui una imagen muy institucional y mucho institucional. Fuente.

El presente artículo pretende hablar del célebre Procés sin dar una opinión sobre el mismo. Esto se debe a que, por un lado no tengo una opinión muy formada al respecto (podría llamárseme equidistante, pero es una etiqueta asignada), y por otro a que, aunque la tenga, no la considero relevante (a diferencia de casi todo el mundo). En todo caso, todo esto trata de ser solo una descripción de la situación en la que están las instituciones.

Una de las escenas más célebres de El Ala Oeste de la Casa Blanca  es la siguiente. En una recepción presidencial una de las asistentes, una periodista ultracatólica se niega a ponerse en pie, a diferencia del resto del auditorio, a la entrada del Presidente Bartlett. Este, al darse cuenta de la situación (que ya se esperaba) le llama la atención dejándola en evidencia (con su amplio conocimiento de la Biblia), pero señalando algo más importante: cuando uno se pone en pie, no lo hace por Josiah Bartlett, sino por el Presidente de los Estados Unidos. Es esta segunda naturaleza la que, por un lado, despersonaliza al titular, y por otro, genera la obligación, por la comunidad política que representa, de actuar con respeto a la misma. (muy similar a la Dignity de The Crown) La  periodista acaba avergonzada en pie, pero ¿Qué pasa cuando la periodista son muchísimas personas y, encima, no se deciden poner de pie? Que hay una crisis institucional.

 

El papel de las instituciones: la sombra y la ilusión.

Las instituciones son elementos básicos para el funcionamiento de la sociedad. Entre los múltiples motivos por los que existen, hay uno que las hace cruciales. Son los mecanismos que impiden que ante una discrepancia de cualquier tema, saquemos un arma y nos liemos a tiros. En este sentido, son elementos enórmemente útiles.

Aunque consideramos instituciones a las organizaciones (al menos así lo hace la mayoría de la gente), en términos institucionales, son todos aquellos comportamientos y actitudes generalmente aceptadas y repetidas por un colectivo social. Es decir, la monarquía es una institución, las elecciones son una institución, el derecho es una institución, y el café a media mañana en gran parte de los trabajos de España es una institución.

Las instituciones, como cualquier instrumento de control y poder (sin ningún valor de juicio negativo, es lo que son) suelen tener dos elementos para el cálculo de las personas. Por un lado, suponen una limitación a las libertades individuales, dado que te comportas conforme a lo que ellas articulan. Por el otro, son un elemento para garantizar que  no te van a matar a tiros por una discusión sobre el café, o que vas a tener una serie de protecciones y derechos. Es decir, las instituciones se mueven en el equilibrio que perciben las personas que las usan de ese equilibrio entre lo que pierden y lo que dan. Esto se complica porque ni el balance se suele hacer institucion a institución, ni es un cálculo netamente racional y económico.  Existen elementos emocionales (la seguridad, la identidad, la pertenencia) también vincula de manera muy estrecha (quizá las más estrechas) a las personas.

En resumen, como decía Varys en Game of Thrones, las instituciones (como el poder que se sustenta en ellas) es una ilusión que solo funciona cuando todos creen en ella. ¿Qué pasa cuando la gente de hacerlo?

 

El Procès y las instituciones rotas.

La situación actual en Catalunya es que hay literalmente una multitud de personas de personas que no creen en las instituciones políticas del Estado Español. Es decir, pese a que la urgencia viene por la situación (el Procès), el problema, de momento, es otro (la falta de apego de esas personas).

De hecho, la situación de las instituciones españolas es lo bastante grave que, incluso muchos que no han dejado de creer en ellas, creen que no son buenas para resolver este conflicto de intereses. Esto explica que aunque hay muchos que quieran votar la salida, haya todavía una mayoría más amplia de gente que cree que necesitamos un mecanismo institucional distinto (un referendum) para arreglar el conflicto.

Por otro lado, otro colectivo muy grande (matemáticamente más grande, pero fuera de Catalunya) dice que no, que hay que usar las instituciones quieran o no. Evidentemente, aquí hay una situación de conflicto en la que, precisamente,  el mecanismo que debería canalizarlo es parte del problema. El motivo principal está, aparentemente, no tanto en lo que dan (autogobierno) y lo que reciben (financiación, derechos, etc.) como por la incapacidad de renegociar o modificar ese acuerdo institucional (especialmente después del Estatut y los años posteriores).

Estas personas entienden que su aspiración (inicialmente tener una relación bilateral exclusiva con el Estado, y ahora separarse de él), no se van a poder plantear dentro del ordenamiento institucional actual. Ojo, no digo jurídico, porque las leyes se cambian, sino por el hecho de que el mecanismo que permitiría cambiar las instituciones para poder hacerlo, escapa, de largo de sus manos. 

¿Cómo ser bilateral si para tener esa relación necesitas el apoyo de gente que (según ellos, aquí ni entro ni salgo), se benefician de que no sea así?

Por el otro lado, los contrarios al Procès, consideran que la comunidad política de Catalunya no tiene una entidad diferenciada de España para que decidan por separado del resto, sobre esta cuestión.

Y qué pasa en una quiebra institucional.

 

Como decía, ahora mismo el problema existe en parte de la población de Catalunya hacia ellas. Por otro lado, para una gran mayoría de personas de España, una solución que parezca más satisfactoria para este grupo, generará otro desapego institucional posiblemente similar. Claro que, mientras que no se fuerza el conflicto, la crisis es política, pero cuando se pasa a la acción, y las instituciones tienen que actuar (sin aceptación) ya sí hablamos de una crisis institucional. Hasta la fecha en España, mal que bien, la mayoría de los conflictos han acabado resueltos dentro de los mecanismos institucionales.

Entonces, ¿qué cabe esperar en este escenario? Pues la verdad es que no tengo mucha idea. Lo que sí que puedo decir con bastante convicción (no seguridad) es que ese desapego institucional en Catalunya no se va a arreglar sin un cambio institucional profundo, sea este con una salida, sea ya, no con más dinero (el comodín de los últimos 25 años para el Estado), sino con un nuevo modelo institucional. Este cambio puede limitarse a la relación entre Catalunya y España en el plano territorial, o puede acabar afectando al conjunto institucionl Español más allá de esto.

¿Cuál podría ser la diferencia? Pues básicamente todo depende de la extensión y profundidad de la quiebra y, para ello, será importante la respuesta política que se de. El motivo es que, como nos cansamos de oír estos días, en democracia la reforma institucional se hace por los mecanismo políticos establecidos. Dicho de otra manera, la respuesta a una crisis institucional, una vez deslegitimadas las instituciones, depende de la capacidad política de liderar la sociedad.

Y entonces ¿qué hacemos?

Generalmente una quiebra institucional requiere una reforma. Esta puede ser más bien pequeña y afectar a los niveles más accesorios (por ejemplo, los líderes políticos del momento, como pasó en Argentina con la crisis financiera) o puede llevarse por delante un sistema político entero. Para que esto ocurra tenemos un ejemplo muy a mano, que es el de la Transición política española (como definió el profesor Cotarelo), en la que confluían tres factores importantes.

  • Elemento desencadenante
  • Transformación de la legalidad y la legitimidad
  • Eliminación del personal político anterior y su simbología

 

Es decir, en función de cómo de profunda y generalizada sea esta situación, más probable es que haya que cambiar el sistema. De hecho, este modelo es similar  al que ha movido el discurso político de Podemos, con los símbolos (el Régimen del 78), las élites (primero La Casta y luego La Trama), el elemento desencadenante (el 15-M) y ampliar la base social (no somos ni de izquierda ni de derechas).

Esto nos deja básicamente 3 escenarios:

  • La independencia, lo que añadiría otras cuestiones de orden internacional (reconocimiento), mucho más complejo que esto (todavía)
  • El seguir como hasta ahora (lo que parece poco sostenible se mire por donde se mire)
  • Construir un nuevo pacto social o territorial que afiance las instituciones. El problema aquí está en que es un cambio que implica convencer a millones de personas de que tienen que ceder (cuando están muy implicados emocionalmente en su punto de vista) y mantener un sistema de equilibrios y contraprestaciones. En este escenario, los responsables políticos  (no necesariamente de los partidos) es crítico, dado que son ellos los que deben canalizar el discurso y las opciones a la ciudadanía. Las percepciones y aspiraciones son menos inamovibles de lo que creemos (recordemos lo que era plantear, por ejemplo en matrimonio igualitario, hablando de instituciones, hace 15 años y lo que es ahora)

Así que, más allá del tema del día 1 y el Procès, la cuestión más grave es la siguiente ¿Cómo serán las instituciones que tengamos a partir del 2 de Octubre?  Porque, a fin de cuentas, para que un sistema político funcione realmente necesitamos que todo el mundo tenga ganas de ponerse de pie cuando entre el Presidente y eso, en España, cada vez es más raro.

Autor: craselrau

doctor en ciencias políticas, friki, cocinillas y bloguero. Analista web y colaborador en todoseries.