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Política para seriéfilos

La falta de respeto a los funcionarios en el Ministerio del Tiempo

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Que no nos ha gustao el puto chiste

Que no nos ha gustao el puto chiste

Uno de los capítulos de la segunda temporada de El Ministerio del Tiempo provocó cierta polémica en cuanto a uno de sus chistes. La cuestión surge porque, a la hora de tener que camuflar la naturaleza “sobrenatural” del ministerio, optan por hacer que sus dependencias se ajusten a lo que el imaginario colectivo tiene asociado a los funcionarios. Gente vestida de otro tiempo, que no hace su trabajo, juega al solitario en el ordenador y tiene los tablones de anuncios llenos de avisos sindicales. Como suele pasar en España, alguien se sintió ofendido y el sindicato CSI-CSIF protestó por la imagen que se daba de los empleados públicos. Sin embargo, creo que hay una desconsideración mayor en lo que ocurre últimamente en El Ministerio del Tiempo relacionada con los funcionarios y que ha provocado protestas menos enérgicas entre el sector. ¿De qué se trata?

La renovación en el desgobierno.

Por si alguien no lo ha notado (yo diría que sí, por la paz que hay en el país y la monserga propagandística de los últimos meses), España desde diciembre no tiene Gobierno, o, mejor dicho, lo tiene en funciones. El país no se ha hundido, de hecho, se ha hundido menos que cuando ha tenido gobierno formal, sin embargo hay una sensación de Stand-by en el país. Esta sensación de lo “provisional” que es ahora todo en España se ha visto apoyado por la Comisión Europea, que ha decido cascarnos una multa posiblemente enorme a después de que hayamos votado (no sé muy bien el motivo, pero no creo que a la Comisión Europea le importe demasiado que alguien conozca sus motivos, la verdad), coincide con la renovación o no de El Ministerio del Tiempo por RTVE.

En las especulaciones del público destaca la caída de audiencia (cualquiera se enfrenta a Bertín Osborne en su casa), las pretensiones de producción de la serie y, muy especialmente en el mundillo, la sensación de que es una decisión que dependerá del Gobierno. Indiferentemente de que esto sea realmente así (RTVE ha renovado varias series, pero ha dejado en el aire la de Cuéntame como pasó por la posible implicación de su productora en un caso de evasión fiscal), lo alarmante es que estemos en un punto en el que entendamos socialmente que la renovación de una serie depende… de que haya gobierno.

El gobierno, la Administración y RTVE.

Porque, a fin de cuentas, esto no tendría por qué ser así. El gobierno y la Administración están separados. ¿Por qué? Básicamente porque a lo largo de un par de siglos en Europa de no tener bien definida esta separación, la Administración hacía exactamente lo que decía y deseaba el gobierno. En principio la teoría dice que el Gobierno dirige la acción pública, es quien fija la estrategia y la que le dice a la Administración a dónde quiere llegar y la Administración es quien lo lleva adelante. Es decir, al gobierno decide y la Administración actúa, de esta manera se garantiza que quien marca hacia dónde va la sociedad es elegido por la ciudadanía, pero el control de que esto se haga con suficiencia técnica y garantía legal, es de la Administración. En caso contrario nos encontraríamos con que, o bien los partidos políticos tendrían que estar llenos de técnicos y juristas que hicieran todo conforme a la norma, o directamente pasarían de la propia norma para hacer lo que quieren.

En resumidas cuentas podemos decir que el Gobierno es de un partido o partidos, pero la Administración es del Estado y es en el interés de en el que tiene que obrar. Esto es un poco diferente al modelo americano en el que se entiende que el la Administración pertenece al Gobierno (de ahí los términos como Administración Nixo, Clinton u Obama). En ocasiones esto funciona bien, cuando hay otro agente que controla la legalidad (en Estados Unidos son los todopoderosos tribunales que en toda instancia pueden anular una decisión no ajustada a derecho del gobierno), o en otras muchas mal (como podemos ver en muchos países latinoamericanos en los que un cambio de gobierno cambia a la plantilla casi integra de funcionarios y acaba haciendo cada uno un poco lo que le viene en gana).

Es curioso que todo esto ocurra precisamente en torno al Ministerio del Tiempo en el que se retrata bastante bien ese modelo de Administración independiente y técnica. Si lo pensamos, el Ministerio tiene un mandato claro e independiente en su ámbito de acción, en el que el Gobierno básicamente supervisa. Como podemos ver Salvador actúa con total discrecionalidad sin mayor control que la intervención de la presidencia en cuestiones de seguridad, transparencia y funcionamiento.

Y esto ¿Qué tiene de ofensivo para los funcionarios?

Básicamente los funcionarios existen para que las cosas funcionen a pesar del gobierno. Sus nombramientos, sistema cerrado de carrera, normativa burocrática y protección jurídica ante sus superiores obedecen básicamente a que puedan hacer su trabajo de control de manera independiente y neutral. Es decir, el motivo por el que, como diría mi abuela “un salario del Estado es para toda la vida” es porque de esa manera los funcionarios no tengan que esperar a que haya gobierno para hacer su trabajo.

Que en España se asuma (como parece ser) que es necesario que haya un gobierno para hacer algo tan técnico y “normal” como ver si se renueva una serie o no, es asumir que los funcionarios como tal no están cumpliendo con sus funciones. Esto de por sí es malo, pero lo que esconde de fondo es que socialmente se asume que un funcionario sólo tomará las decisiones que interesen a los responsables políticos.

En el caso de RTVE esto es bastante visible. Cuando en un momento dado se decidió poner un cargo técnico por un sistema de mayorías lo bastante estricto que impida la simple adscripción política como motivo de selección, se bloqueó el ente el suficiente tiempo como para que el Partido Popular diera marcha atrás y permitiera la mayoría suficiente que permitiera poner no tanto técnicos como dóciles. La conclusión es que RTVE ha dado una enorme marcha atrás en términos de percepción de independencia y, desde luego, hace muy creible que cualquier decisión de cierto calado tenga una dependencia absoluta de las esferas políticas y no de las técnicas. Más aún si tenemos en cuenta que el ente público tiene una deuda casi infinita (que posiblemente influya en la negociación de El Ministerio del Tiempo), lo que es más que conveniente para que el gobierno condicione el apoyo presupuestario a dicha lealtad.

Realmente esto no debería sorprendernos, porque en el fondo, es muy dificil entender que el vendaval de corrupción que ha arrasado España es difícilmente posible sin el apoyo, al menos tácito, de empleados públicos destinados a evitar que eso pase. Cada vez que se habla de concursos amañados, de desvíos de fondos, de contratos fragmentados… todo eso ha tenido que pasar por uno o varios empleados públicos que han dado el visto bueno en algún punto para que eso sea posible. Evidentemente no se puede generalizar y no hace falta que sean muchos, hace falta que esté el indicado en el sitio justo para que esto sea posible.  La cuestión es que la sociedad ha asumido que:

  1. los funcionarios no están nada más que para hacer trabajos monótonos y rutinarios que llevan poco tiempo y que les permite escaquearse e incluso no hacerlo.
  2. Que los funcionarios no controlan a los responsables políticos, así que ¿para qué los queremos?

En resumen, diría que preocuparse de si visten o no a los funcionarios de determinada manera o si les ponen o no a jugar al buscaminas, el problema está en que la sociedad en general pierde la perspectiva de la utilidad como tal del funcionario y de su diferencia de cualquier otro trabajador. Quizá la gente de CSI-CSIF y los que han protestado por el chiste deberían poner la misma atención e intensidad en defender la importancia de la función pública y denunciar a aquellos que la menoscaban, asi como apoyar a muchos que, siendo funcionarios, han denunciado con un alto coste personal casos de corrupción. Porque el problema no está en el chiste, el problema es que el imaginario colectivo no pueda asociar el funcionariado a otra cosa que no sea el escaqueo. Esa es la auténtica ofensa a los empleados públicos.

 

 

 

 

Autor: craselrau

doctor en ciencias políticas, friki, cocinillas y bloguero. Analista web y colaborador en todoseries.